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  • Sexualidad y Envejecimiento

    Sexualidad y Envejecimiento

    Por Nicole Baumgartner, psicóloga especialista en sexualidad

    En la actualidad, el asunto del envejecer cobra gran visibilidad y relevancia, puesto que existe una tasa de envejecimiento cada vez mayor de la población mundial, dado la mayor expectativa de vida del mundo contemporáneo.

    No obstante aquello, pareciese que la vejez estuviese culturalmente cargada de una visión negativa, como si la edad fuese en sí misma una enfermedad. Dicha visión ha afectado distintos ámbitos de las personas mayores, entre ellos, el de la sexualidad.

    Si bien el envejecimiento implica cambios (fisiológicos y patológicos), un despertar de temores en torno a la muerte, y diversas pérdidas; como la capacidad laboral, la adquisición económica, el lugar social anteriormente ejercido y la viudez, entre otras, es una etapa del ciclo vital con oportunidades y riquezas únicas. Es importante por tanto que como sociedad, podamos apuntar a una vejez de calidad y digna, otorgando a las personas mayores un espacio social que les permita seguir sintiéndose partícipes, no olvidándonos que el proceso de envejecer, en realidad, se inicia con el nacimiento. En dicha labor de dignificar esta última etapa del ciclo vital, es preciso no olvidar la sexualidad.

    El imaginario social en torno al envejecimiento se expresa en la esfera de la sexualidad, existiendo diversos prejuicios y mitos culturales al respecto. En nuestra sociedad moderna, la sexualidad del adulto mayor está pensada en dos extremos:

    1. a) como una sexualidad negada, donde la persona de edad es vista como un ser asexuado (“las personas de edad no tienen deseo sexual”, “las personas de edad no son sexualmente deseables”, “las personas de edad no son sexualmente capaces”), y si expresa su sexualidad puede ser catalogado como “viejo verde”,
    2. b) o como una sexualidad impuesta, que exige de manera indirecta, que el adulto mayor debe tener igual sexualidad que en la juventud para que sea armoniosa.

    En relación al primer punto, la “sexualidad negada”, es preciso afirmar que la sexualidad empieza con el nacimiento y termina con la muerte, estando presente a lo largo de toda nuestra existencia, también en las personas con edad avanzada. Es decir, la sexualidad no desaparece con la edad y no termina con la función reproductiva, sino que trasciende dicha función. Respecto al segundo punto, la “sexualidad impuesta”, es importante recalcar que el lenguaje sexual cambia a medida que se envejece, por tanto, la sexualidad continúa estando presente, aunque su expresión puede tener transformaciones. Es decir, el envejecimiento no elimina el sexo, pero sí lo modifica, por lo que resulta relevante conocer aquellas modificaciones para no frustrarse.

    Con la edad existe un declive de la sexualidad; en otras palabras, la respuesta sexual se deteriora con la edad. Hay cambios físicos que se vinculan con una disminución de hormonas sexuales, una baja en la lubricación vaginal, una merma en el número de contracciones orgásmicas y en la intumescencia del clítoris en el caso de la mujer; como una erección más lenta y menos completa, una disminución rápida de erección tras eyaculación, y un período refractario tras la eyaculación mayor (tardará más en recuperar una erección después de la eyaculación) en el caso del varón. Sin embargo, si bien la respuesta sexual de la persona mayor experimenta cambios, no necesariamente estos cambios están abocados al campo de lo disfuncional. De este modo, una persona de edad sana tendrá una respuesta excitatoria enlentecida en comparación a momentos anteriores de su vida, así como un período refractario más largo, pero igualmente podrá llevar a cabo su sexualidad de forma saludable.

    Entenderemos la sexualidad como distinta de la genitalidad y el coito, donde todos los actos son una forma de expresión de la sexualidad. Por tanto, en la vejez, aumentarían otro tipo de aproximaciones sexuales, como la masturbación, la cercanía física (como dormir abrazados), las caricias, el sentirse amado/a y deseado/a, etc., teniendo la sexualidad un mayor énfasis en los sentimientos; así como adquiere mayor relevancia la calidad que la cantidad del coito-orgasmo.

    Si bien existen cambios físicos propios de la vejez, desde la apariencia externa hasta transformaciones en el interior del cuerpo, ellos no son lo determinante, puesto que el mejor predictor de las conductas sexuales en la vejez es la sexualidad previa. Es decir, que el determinante más importante en una persona de edad sana, es cómo vivió a lo largo de su vida su sexualidad. Si ésta ha sido un aspecto fundamental y vivida de manera placentera y activa, aquello será un aliciente para la sexualidad en la vejez, así como si la sexualidad ha estado poco presente o ha sido poco disfrutada a lo largo de los años, en la vejez dicha experiencia continuará presente.

    Por último, destacar que es principal poder sentirse deseado/a a pesar de las transformaciones propias de la vejez, puesto que ni canas ni arrugas eliminan la esencia de la sensualidad. La vejez es una invitación a poder ver “más allá de la piel”, observando al ser humano en su totalidad, más allá del peso que se le da a la imagen de la juventud en nuestra sociedad actual. Ello puesto que la zona erógena fundamental es la mente, donde “quien pierde la capacidad de amar, es viejo toda la vida”.

    Fuentes consultadas: Manual de Sexología y Terapia Sexual, Francisco Cabello

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